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Desbancar al Pragmatismo del Poder


Desbancar al Pragmatismo del Poder.

La Concertación ha sido expresión de ese cinismo político que hace discursos con la izquierda pero cobra con la derecha. El interés permanente que los aglutina es mantenerse en el Poder y controlar territorialmente al país. Para ello, es necesario mantener una maquinaria de propaganda eficaz a la cual se integran con Pragmatismo las testeras de los partidos, los expertos comunicacionales-publicitarios y cientos de “operadores políticos” que cumplen misiones de aniquilamiento de adversarios en diferentes frentes de acción, es decir, esos encargados de darles guaraca a los que sean críticos de sus malas prácticas.

Y detrás de esa organización visible, está la construcción Pragmática de redes soterradas de apoyo financiero, tomando a cargo la obtención de recursos para que perviva la coalición. Este último es el delicado espacio donde se transa con los intereses corporativos dispuestos a pagar por protección y facilitación. Los programas de gobierno se escriben con la mano y se borran con el codo.  Los compromisos que la organización establece con esos poderes fácticos determinan en definitiva el actuar del conglomerado cuando asume el Poder. El reciclaje de personeros de gobierno desde los directorios de las empresas o de la burocracia internacional que ellos manejan, se convierte en la plataforma que da soporte a la organización para que nunca sus miembros queden sin el apoyo interno. La relación de estos políticos con los grupos económicos está basada en la mutua conveniencia, en el apoyo recíproco y en un alineamiento incondicional con los caudillos que integran la cofradía.

Los grandes intereses corporativos que son dueños del país, así como sus socios estratégicos multinacionales, tienen frente a la política una visión aún más Pragmática. Juegan a los dos caballos en carrera y así se aseguran que la gente se desahogue, haga catarsis, pero que no se toque ni con el pétalo de una flor los pilares del sistema que les quedó como traje a la medida después del régimen militar. Sin embargo, cuando en la arena política incursionan nuevos actores,  el sistema ordenado y equilibrado que ha construido el Pragmatismo, comienza a temblar. Es el efecto telúrico del poder popular derivado de la sociedad civil movilizada, de consumidores indignados de tanto abuso, de personas que se suman a través de las plataformas tecnológicas, la aparición de un periodismo independiente disperso e incontrolable, que forma opinión pública y permite la coordinación de masivas acciones de desobediencia activa. De esta forma, la democracia blindada institucionalmente y apañada por los grupos pragmáticos que se distribuyen el Poder,  se va trizando, permitiendo que nuevos aires de renovación comiencen a circular por la olla a presión.

En lo medular, la tensión de fondo pasa por la concentración metódica de la riqueza en unas pocas familias y grupos, en desmedro de la población mayoritaria que va bancando ese crecimiento y cada vez va exigiendo mayor participación en reparto del queso. La corrección necesaria pasa por reformar el modelo económico, pero es lo que duele y quisiera evitar esa minoría poderosa que se enriqueció a costas del mismo. Por eso, desde la política, por imperfecta que ésta sea, se da la chance de construir un nuevo andamiaje institucional, que abra caminos de distensión de la presión social generada y así lograr que el país gane en estabilidad y progreso para todos.

Esa reforma al sistema debe ser política antes que económica y para avanzar en su conducción debe haber nuevos liderazgos, que no tengan las amarras ideológicas del pasado ni estén condicionados por los vínculos y colusiones con los poderes fácticos. Levantar esas nuevas opciones ciudadanas es una verdadera  odisea cívica, ya que todo el poder de la prensa oficial le juega en contra. Para llegar a unir fuerzas sociales para esta aventura de política mayor, es necesario generar una mística valiente que permita movilizar a los votantes jóvenes que descreen de la política tradicional por sus múltiples vicios. El abstencionismo sólo sirve a los que manejan el Poder.

Periodismo Independiente, Abril 5 de 2013. Síganos como  @hnarbona en Twitter.


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Síndrome del Pato Cojo



El síndrome del pato cojo es la pérdida de apoyo que los gobiernos alcanzan de sus propios partidos y su electorado  en su última fase, lo cual deriva en que los políticos más cercanos al gobierno empiezan a operar en función de su campaña, más en conformidad con las expectativas de gobierno futuras que con las tareas del gobierno actual. 

En las encuestas y en las votaciones municipales la Alianza mantiene ese tercio histórico que siempre tuvo la derecha. La Concertación no ha logrado liderar la oposición y ha quedado en todas las encuestas con una adhesión más baja que la coalición gobernante. Si hubo un 60% de abstención en las elecciones municipales del 28 de octubre, la gran interrogante es cómo encantar a ese universo disperso que ha quedado como dato, pero sin conocerse quienes integran la abstención. Por lo tanto, un gran trabajo de indagación y segmentación deberán realizar quienes apunten a conquistar ese público. Cuáles son los motivos de su no participación. ¿Indiferencia y flojera? ¿Ignorancia cívica? ¿Desencanto con el sistema?  ¿Rebeldía, ansiedad,  indignación? ¿Todas las anteriores?

De acuerdo a los resultados y tendencias de las recientes elecciones, el  binominalismo comienza a caer por su propio peso, las terceras posiciones de los progresistas, los regionalistas, los independientes, empiezan a conquistar espacios. También se advierte una mayor desideologización de la ciudadanía, con importantes sectores que ya no se alinean por ideario histórico sino por el conocimiento que han adquirido del comportamiento de los representantes populares y las autoridades. En este sentido, el voto ha sido herramienta de repudio y castigo a personajes que han tenido comportamientos impropios, pero que pretendían recuperar poder a través del clientelismo. Se percibe en el voto municipal un sesgo ciudadano diferente, donde ya no existe el voto duro ideológico e importan mucho más las conductas, el cumplimiento de promesas, la gestión participativa.

El síndrome del pato cojo es la pérdida de apoyo que los gobiernos alcanzan de sus propios partidos y su electorado  en su última fase, lo cual deriva en que los políticos más cercanos al gobierno empiezan a operar en función de su campaña, más en conformidad con las expectativas de gobierno futuras que con las tareas del gobierno actual. 

Se ha comprobado el sentido perverso que tiene un período presidencial de sólo 4 años, sin reelección, ya que el país vive en elecciones permanentes, que no dejan tranquilidad ni tiempo real para gobernar y aplicar mínimamente un programa político. Con 6 años, como era antes, se podía ejecutar políticas públicas, sin tener que estar testeando popularidad a cada rato, dedicándose la máxima autoridad a gobernar, a tratar los asuntos de Estado, y no vivir en la cuerda floja de las percepciones que reflejan las encuestas y que muchas veces son malas muestras que tratan, en su negocio, de levantarse como certeras. Se necesita Presidente y Ministros de tiempo completo, abocados a ejecutar el plan por el cual se les eligió, sin esta presión de un período estrecho que deja cualquier obra en etapa de formulación, con el riesgo de que quede en la nada al llegar un gobierno distinto. Este drama debe ser resuelto y es un tema crucial del ordenamiento institucional republicano.

El síndrome del pato cojo implica que el Presidente titular y la coalición de gobierno dejan de preocuparse de la obra y legado del actual Presidente, para pasar a la contienda electoral anticipada, colocando todas las energías en levantar y promover al delfín, el candidato heredero, obligando a que el Presidente en ejercicio deba dar un discreto paso al costado desde el punto de vista comunicacional, para que sea su candidato el que robe cámaras y logre potenciar su presencia pública.

Revertir la sociedad mediática a una sociedad de cuño republicano, exigirá cambiar los estilos faranduleros que ha tenido la política en los últimos 24 años. Volver a gobiernos de derecha al estilo de un Jorge Alessandri  o de centro izquierda  al estilo de Pedro Aguirre Cerda, sería recuperar estilos austeros en donde el Jefe de Estado no vivía en función de la coyuntura electoral, sino de la gestión eficaz del programa comprometido con el electorado en su campaña. Cadena nacional obligatoria cuando había  algo trascendente que comunicar al pueblo,  era la forma de preservar al gobernante,  dejándole el deber de conducir al país, sin arriesgar el desgaste mediático que significa querer estar en pantalla todos los días, de manera obsesiva.

Gobernar hasta el último día es un eslogan. Lo real es que la gran pesadilla de todo gobierno, porque estampa su fracaso en la historia, es tener que entregar el mando a un sucesor opositor. Es el juego de la alternancia democrática, pero, sin dudas, duele y mucho.

Periodismo Independiente, 2 de noviembre de 2012.


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