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Las Fuerzas Armadas y la lucha contra el crimen organizado


Las Fuerzas Armadas y la lucha contra el crimen organizado

La lucha en contra del crimen organizado se ha convertido en un gran tema de las relaciones internacionales y de la necesaria redimensión del Estado Nación frente a amenazas globales. El año 2008 en el curso de Técnicas Aduaneras Internacionales conocí al entonces Administrador de Aduanas de Veracruz. A los pocos meses de esa beca en la Escuela de Estudios Fiscales de Madrid, supimos, con dolor e impotencia, que nuestro colega había sido una más de las miles de víctimas del narcoterrorismo que asola a México.

A partir del atentado de las Torres Gemelas, el 11 de Septiembre de 2001, el interés de la Defensa de EEUU se centró en la amenaza terrorista. En esa nueva dialéctica se acuñaron doctrinas como la de la guerra preventiva, con sistemas represivos extremos que anularon las garantías constitucionales, creando áreas grises en las que se validó contra el Estado de Derecho,  el terrorismo de Estado. Paralelamente, surgieron nuevos requerimientos de seguridad para el comercio y el transporte, fronteras, puertos, aeropuertos,. La Ley de Bioterrorismo impuso rigurosas reglas para todo exportador de productos alimentarios que tuvieran por destino los Estados Unidos. Se comenzó a trabajar en la OMA, Organización Mundial de Aduanas en el Operador Económico Autorizado; se incrementaron las exigencias de escaneo de contenedores, para evitar el tráfico de precursores de explosivos y de cualquier elemento que pudiere convertirse en arma terrorista. El acento pasó de las medidas antidrogas a la seguridad anti terrorista.


Paradojalmente, pese a las mayores medidas de seguridad focalizadas en el enemigo fundamentalista islámico, el tráfico de drogas, de personas, de órganos, de precursores de drogas y el lavado de activos, fueron creciendo exponencialmente, escapándose de las manos de las policías.

El Centro de Estudios de Iberoamérica publicó, en su volumen 1 de 2010, el Ensayo de la Académica Sagrario Morán Blanco, Doctora del Área de Derecho Internacional Público y Relaciones Internacionales de la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid,  titulado “La Delincuencia Organizada en América Latina: Las Fuerzas Armadas contra el Crimen en México”, en el cual señala los efectos de la apertura de las fronteras nacionales, de la disminución de las restricciones comerciales y financieras, que junto con la modernización de los sistemas de telecomunicaciones, han  facilitado la expansión de la delincuencia organizada a nivel trasnacional.

En el espacio latinoamericano la inseguridad pública es una de las principales amenazas para la estabilidad, el fortalecimiento democrático y el desarrollo. El ensayo explica hasta qué punto la inseguridad generada por los carteles de la droga y el  crimen organizado es uno de los grandes  problemas de la población latinoamericana, -cuatro de cada 10 ciudadanos latinoamericanos reconocen que ellos o algún familiar han sido víctimas de asaltos, agredido o víctima de un delito en el último año. Además en el artículo se hace especial mención al caso mejicano, un país en el que operan siete carteles del narcotráfico. En los últimos años el Gobierno mejicano ha iniciado una ofensiva, con el apoyo de las Fuerzas Armadas, para debilitar el fenómeno.

Por otra parte se ha extendido una tendencia liberaloide que esgrime como bandera la despenalización del consumo de la marihuana y las drogas de uso personal, planteando la falacia de que con ello se bajaría los rendimientos económicos que hoy logran las mafias y que al ser mal negocio, ellas dejarían de actuar y el problema de la violencia se reduciría. Esta visión es errónea porque parece ignorar que las mafias tienen sus dinámicas propias y su actuación es diversificada. Que operan simultáneamente en diversos tipos de ilícitos. Que si se abre un espacio de despenalización ello serviría a los narcotraficantes para ampliar mercados con impunidad, de manera de introducir drogas más pesadas y de mayor grado de adicción, con lo cual aumentaría su negocio y su peso negativo en la sociedad. Por lo tanto, los Estados no deberían entrar en ese camino reduccionista, sino centrar los esfuerzos en fortalecer su inteligencia y su capacidad de lucha contra el crimen organizado.

Las guerras entre 7 carteles por el control de la distribución de drogas está desangrando a México. El presidente Felipe Calderón Hinojosa ratificó el compromiso de su gobierno en la lucha contra el crimen organizado, y rechazó que la intervención de las Fuerzas Armadas y federales sea lo que cause la violencia.

En su expansión, las mafias se instalaron en Centro América con sus maquinarias de muerte, ejércitos de mercenarios y sicarios, que han colocado en jaque al Estado. En Brasil las mafias ocuparon las favelas, estableciéndose en áreas en las que la policía no podía entrar y el Presidente Lula tuvo que recurrir a las fuerzas armadas para ejercer la soberanía del Estado en esas barriadas ocupadas por el narcocrimen.

En Venezuela, el Presidente Chávez organizó una fuerza especial del ejército para abocarse a la lucha en contra de la delincuencia. Lo propio se da en República Dominicana donde el Presidente ha sacado al ejército para combatir las bandas organizadas.

En capitales como Santiago de Chile, los delincuentes también fueron ocupando los barrios y los espacios públicos, con balaceras constantes y una gran desprotección de los habitantes de esas poblaciones ocupadas por el narcotráfico.

El Estado debe enfrentar en medio de esta guerra contra el crimen, la amenaza cierta de que las instituciones se corrompan y esto es especialmente sensible cuando se trata de las Fuerzas Armadas que manejan armamento de guerra, ya que el riesgo es que se produzcan desvíos de armas a los carteles de la droga.
Ha sido el caso de El Salvador, país en el cual, desde que el presidente de la República, Mauricio Funes, ordenó un amplio despliegue militar en todo el país para tratar de frenar los altos índices de violencia que se afrontan, varios sectores de la sociedad civil advirtieron el peligro que corría la entidad castrense de ser infiltrada por el crimen organizado. Hoy la Fuerza Armada, hasta mayo de 2011 reportaba 42 militares destituidos por vínculos con el tráfico de armas y las pandillas.
Conceptualmente, el Estado ha definido tres áreas de actuación en materia de seguridad. 

La Defensa Nacional, cuya función es cuidar de la integridad territorial; la seguridad interior, que debe prevenir todo tipo de acciones que puedan colocar en riesgo o situación desestabilizadora al sistema institucional del Estado Democrático; y la seguridad pública, que combate la delincuencia, a cargo de las policías. Tradicionalmente, los tres ámbitos constituían compartimentos estancos, pero frente a los desafíos globales, necesariamente se ha debido generar puentes de coordinación para una actuación más eficaz del estado frente al delito. En el caso chileno los organismos que actúan en cada espacio institucional han sido el Ministerio de Defensa, la ANI, Agencia Nacional de Inteligencia, Policía de Investigaciones y Carabineros. El actual gobierno diseño el Plan Chile Seguro, que procura la acción coordinada de los diferentes entes fiscalizadores para una sinergia que permita cubrir diversos flancos en la lucha contra el delito. En materia de lavado de activos, en el ámbito de Hacienda funciona la UAF. Unidad de Análisis Financiero, que se ocupa de investigar el lavado de activos, en colaboración con otros organismos como Aduanas e Impuestos Internos.

El gran tema es ¿cómo adecuar institucionalmente la Defensa Nacional para colocar a las Fuerzas Armadas en el combate contra el crimen organizado? 

Frente a la actuación de las Fuerzas Armadas hay prejuicios ideológicos y dolores aún vivos en la sociedad chilena. En los 16 años de régimen militar el enemigo interno fue el adversario ideológico al que se quiso destruir, eliminar. Esto significó transgredir el orden constitucional y generar a partir de una dictadura de facto una nueva institucionalidad. Gradualmente, durante la transición, las Fuerzas Armadas reasumieron su rol profesional y fueron ganando la estima de la civilidad. Sin embargo, en el inconsciente colectivo aún está instalada la época represiva y ello es un factor político que frente a la utilización de tropas para actuar en contingencias ha pesado y la evidencia de ello,  fueron las omisiones y dilaciones de quienes debieron recurrir a ellas frente a la contingencia de un terremoto y tsunami y no lo hicieron en forma oportuna.

Pero, salvando esa barrera de entrada y los naturales celos por las correspondientes competencias institucionales, es objetivamente viable que un Estado Democrático pueda ejercer la legítima fuerza para contrarrestar el crimen organizado. La tendencia internacional muestra que por esta vía los países latinoamericanos están tratando de frenar la expansión de las tenebrosas redes del narcoterrorismo. 

Lo sustantivo es hacerlo a tiempo, con una voluntad de Estado, donde con visión de largo plazo se superen las percepciones ideológicas para poder derrotar a tiempo a un enemigo que no duerme y que corroe las bases mismas del Estado Nación. 

El desafío es adoptar decisiones regionales coordinando las acciones para desmantelar los carteles internacionales, antes que ellos ocupen y corrompan las instituciones, como han sabido hacerlo en otros países más vulnerables.


Hernán Narbona Véliz, Periodismo Independiente, 1 de diciembre de 2011.



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Aumenta consumo de cocaina entre los jóvenes


En Chile aumentó el consumo de cocaina entre los jóvenes.
Muchos de esos jóvenes son hijos de esa generación que fomentó el libertinaje, que se ufanó de fumar porros, que nos dijo que eso era su libertad, su opción y esa actitud libertina se traslado a los hijos, actuales adolescentes o adultos jóvenes, que, desorientados, buscaron el placer sin límites en la droga mayor. Los sectores pudientes a la cocaina y los populares a la pasta base. el antecedente siempre el consumo de marihuana.

Por eso, digo No a la despenalización del consumo de marihuna y rechazo la falacia de que con ello se disminuirá el tráfico de los carteles. Es precisamente lo contrario, abrir paso a la impunidad de estos delincuentes.

En 1990 se decía que eramos un país pasadizo de las drogas, pero no consumidores. Miremos ahora nuestra sociedad y veremos los efectos de esa política de negar la realidad. Chile ha subido el consumo en cocaina y las causas han sido fundamentalmente la expansión del consumo de alcohol en la juventud. Recientemente lo decía el Ministro de Salud, dentro de 10 años Chile será un país de gordos ebrios, con enfermedades derivadas como la diabetes y la hipertensión. La droga destruye a las personas, las convierte en zombies, incentiva la violencia y la criminalidad.

La droga es un negocio excelente y por ello invade y corrompe. La sociedad debe mejorar sus controles para impedir que ingresen sustancias prohibidas. Pero el centro de la acción debe ser en la prevención y allí es donde surgen las debilidades en la educación sana de los hijos, consecuencia de la desintegración social, del abandono, de padres que a su vez son adictos, de barrios penetrados territorialmente por las mafias. Agréguese a esto una nueva realidad: las mafias que ven afectado su negocio por la mayor eficacia de los controles  aduaneros y policiales, están empezando a producir la cocaina en nuestro territorio y esta hipótesis agrava la situación inicial que vivíamos hace dos décadas.

El dato de aumento del consumo en Chile, lo que tiene que ver con los altos ingresos  de sectores medios altos de nuestra sociedad, es una buena noticia para el narcotráfico y una señal de alto riesgo para nuestra sociedad, toda vez que esto abre los apetitos de los carteles mundiales por posicionarse en Chile. Sólo asomarse a la actual situación de México, nos puede dar un gran escalofrío de lo que pudiere ocurrir si Chile actúa con liviandad frente a este flagelo.

En el Curso de Salud del Adolescente de la Escuela de Psicología de la Pontificia Universidad Católica de Chile, el Profesor de Psicopatología y Psiquiatría, Dr. Ramón Florenzano. resume con gran claridad los factores de riesgo que llevan al consumo de cocaina. Es así como podremos apreciar:

Los factores de riesgo a nivel del individuo, que se refieren a características de personalidad tales como inseguridad, timidez, impulsividad, dificultades en la interacción social o baja tolerancia a la frustración, o bien a rasgos genéticos, a factores biográficos tales como situaciones personales de vida (crisis, separación, pérdida o duelo), a creencias y actitudes que favorecen el consumo de drogas, al escaso desarrollo de habilidades sociales e interpersonales y a la dificultad para resistir las presiones del grupo de amigos para consumir drogas.

Los factores de riesgo familiar, social y comunitario se refieren a las influencias del entorno familiar y social a nivel local. Entre ellos, se destacan los problemas de desintegración familiar e incomunicación en las relaciones familiares, las características de personalidad de los padres que configuran estilos parentales muy permisivos o muy autoritarios, a la influencia de compañeros y amigos, de los grupos juveniles, las características de la comunidad y el colegio, así como a las leyes respecto del tráfico y consumo y la disponibilidad de alcohol o drogas en el barrio o comunidad.

Los factores de riesgo macrosocial consideran las influencias socioeconómicas, políticas y legales. Estas incluyen la publicidad respecto del alcohol, los modelos sociales que aparecen en los medios masivos de comunicación social y las actitudes y creencias que comunican, los patrones culturales que favorecen el consumo, la disponibilidad de drogas y alcohol, el precio y las leyes que regulan el expendio, el tráfico y consumo de alcohol y drogas.

 La razón por la cual se habla tan frecuentemente de la drogadicción como un problema de los adolescentes y jóvenes es que estadísticamente  hay mayor tendencia al consumo de sustancias químicas entre los 15 a 25 años.

Si aplicamos la lista de chequeo de las tres categorías de riesgos a nuestra realidad, veremos que el ambiente familiar, formativo de conductas y disciplina, es un ámbito con grandes deficiencias. Si revisamos los riesgos macrosociales apreciaremos que los jóvenes están bombardeados por la publicidad engañosa y distorsionadora, en donde los símbolos de virilidad, de liderazgo, están asociados al copete y al desenfreno. Es patético que al abrir el año académico los jóvenes se citen por las redes sociales para embriagarse en grupos. En ese ambiente cultural el uso de marihuana parece como consumir tabaco y los jóvenes vulnerables por falta de actitud para decir no, caen fácilmente en las redes nefastas de los grupos. De allí a escalar en la droga es asunto del tiempo, se requiere preparar exámenes, soportar presiones, dormir poco para estudiar y "las pepas" o las líneas facilitadas por un "buen amigo" son el anzuelo para caminar hacia el infierno.

Por esto y mucho más, la noticia de aumento del consumo de drogas en Chile, lo que nos convierte en el mercado de destino más interesante de Sudamérica para el narcotráfico, debe remecernos y movernos a tomar acciones, cerrando filas como comunidades junto a los organismos de Estado, para hacer de esta alerta amarilla una causa de movilización nacional.


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