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Clase media, desencanto y paz social


En medio de las violentas escenas vividas en el Congreso de Valparaíso y en la toma por 6 horas del  de Santiago, ha cundido en la opinión pública una suerte de cansancio profundo. Los dirigentes de la Confech sesionan en Osorno para ver qué destinos sigue el movimiento estudiantil. Los vándalos y encapuchados se han convertido en los actores principales de las marchas, dejando en segundo plano las comparsas, los carteles, las alegorías y el colorido que encantaron a la opinión pública.
Cabe preguntarse ¿Quiénes ganan con esto?

La sensación de impunidad, con turbas cotidianas que cumplen su rutina destructiva después de cada marcha, ha dado pie a muy lógicas especulaciones acerca de quién o quienes mueven los hilos para generar temor social. Son los rumores que comienzan a circular en torno al dejar hacer, dejar pasar, de toda la institucionalidad frente a la delincuencia, generando la sensación de desprotección y una desesperación que se expresa como defensa y justicia por mano propia en contra de delincuentes. Ya se vio a una mujer comerciante agarrar un palo de golf o una chueca – juego araucano con un palo de coligue doblado y una pelota, parecido al hockey- y emprenderlas contra los encapuchados. Esa imagen de ira ciudadana en contra de encapuchados en patotas, frente a fuerzas policiales dubitativas, que más bien suben al carro a espectadores o transeúntes pacíficos, mientras los vándalos posan para la tele, haciendo de las suyas, todo ello ha generado un clima de nueva indignación, frente a la impunidad y la desprotección que se está viviendo. Objetivamente, tener al grueso de los Carabineros en medio de marchas y barricadas, descuida la seguridad en las poblaciones y los patos malos gozan de un pasar mucho más tranquilo para su negocio.

Lo cual ha llevado a reclamos airados del propio Ministro de Justicia hacia los jueces, por la liberación casi inmediata de personas detenidas por desorden público, muchas quizás efectivamente inocentes y víctimas de un arresto sin fundamento, pero muchos también vándalos que cometen reiterados robos y destrozos. Esos quedan igual libres, los fiscales no alcanzan a presentar pruebas en medio del caos y sabedores de ello los delincuentes siguen reciclándose para nuevos saqueos y destrozos, dejando en la ciudadanía la sensación de que manos arteras los dirigirían desde las sombras, para fines espúreos.

Puede que estemos viviendo los efectos del garantismo que impuso hace 10 años la reforma procesal penal, con la cual el gobierno quiso vender al mundo la imagen de un país avanzado en Justicia y Derechos Humanos, pero que en el camino se vio cruzada por errores o vicios de gestión que dejaron a Chile sin cárceles suficientes y con la necesidad ad portas, de liberar por exceso de población penal a delincuentes condenados por “delitos menores”, porque no caben sencillamente en las cárceles colapsadas del actual sistema carcelario. Por lo tanto, culpar a los magistrados de errores políticos y mala gestión del poder ejecutivo, es olvidar que en 22 años se ha fallado en las políticas públicas frente a delincuencia y la marginalidad, porque también en este frente se aplicaron las perversas leyes del mercado en sustituto a una acción responsable del Estado,  con la consecuencia de amplios barrios ocupados por las mafias, el imperio de los traficantes de drogas y  jóvenes que son sus soldados,  enormes contingentes de marginales, delincuentes organizados cual mercenarios, pagados de seguro con el dinero sucio que circula por los laberintos de esta caja negra de la delincuencia y crimen organizado.

Yendo a las percepciones de la clase media, a lo que se comenta hoy en las redes sociales, preocupa la actitud de irrespeto a las instituciones republicanas que se ha instalado en el conflicto, la falta de separación conceptual de la dirigencia y vocería que viajó a Europa, de los grupos anarquistas que han buscado impedir incluso la discusión parlamentaria de la Ley de Presupuesto, lo cual es de alto peligro para la gobernabilidad. 

Súmese a esto, del lado del gobierno, la acción reactiva de las autoridades, lo cual ha movido a las cúpulas empresariales a plantear su apertura para una reforma tributaria, que financie un alto grado de gratuidad para la educación y apague el fuego que alimenta in crescendo la caldera social. Este pragmatismo empresarial expresa que en sus círculos ha calado la preocupación por los límites objetivos del modelo construido al amparo del régimen militar. La indignación de la clase media es de fondo, tiene que ver con la esclavitud que impone a las familias el sistema financiero, los abusos de los bancos y del retail, la constatación de haber vivido una estafa en sus ahorros individuales, cuando después de 30 años se comprueba que las pensiones del sistema de AFP, de capitalización individual, serán viles y que durante tres décadas esos ahorros han servido sólo a los grupos que se hicieron de esos recursos, inyectándolos a sus propios proyectos sin que jamás se diera participación a los afiliados en la gestión de esos capitales acumulados.

Vale decir, educación, previsión y salud son los espacios que nutren el descontento popular de una clase media que se ha salido de sus casillas al arriesgarse a una movilización social extendida, pero sobre la cual también pesa el historial de tiempos peores que todos han vivido. Sin embargo, manteniendo un sentimiento democrático republicano se han empoderado y se alistan para sacar del Congreso con la fuerza soberana del sufragio a quienes siguen de espaldas al pueblo que los eligió y que son muchos.

Esa clase media interconectada con el mundo, deja de ser un mero espectador y toma parte activa en la crisis, entendiendo que si se advierte una confrontación entre poderes del Estado, la situación es cada vez más seria, porque se ha violado las fronteras de independencia que debe existir en democracia para los parlamentos, la Justicia y las Universidades; además, esa clase media es hoy más laica y autoreferente pues ha comprobado que la Iglesia Católica, que tuviera un rol importante en la época del régimen militar hoy carece de una voz moral legítima que pudiera ser escuchada y seguida como para mediar en el conflicto social, lo cual ha sido consecuencia del descreimiento que ha cundido respecto a sus actuaciones, sus propios vicios y escándalos de abusos y pedofilia. Por lo mismo, la clase media está muy sola en medio de todas estas tensiones ambientales y que han creado un clima de temor social.

La irresponsabilidad política de actores sociales y políticos, de tensar la situación al máximo y no haber conversado a fondo cuando correspondía, ha llevado al inconsciente colectivo a  comparar estos escenarios actuales  con los vividos antes del golpe de Estado de 1973, donde  al menos, era claro el complot, el desgobierno provocado desde la ultraderecha y la ultraizquierda. Hoy aquellos mismos protagonistas están  desconcertados, porque la avalancha social de hoy es mucho más compleja, mezcla de marginalidad económica, de cansancio extendido con un sistema intrínsecamente injusto y de sectores que directamente apuestan a destruir la institucionalidad, especulando con que el caos les sea propicio.

Un gran Pacto Social por la Educación Pública en Chile y un trazado de largo plazo hacia la gratuidad y la calidad, con una reforma tributaria que concrete esa evolución de las condiciones actuales, sería como se dijo en el Senado por miembros de la Comisión de Educación, la única salida republicana y de Estado para la paz social, abrirse a las correcciones de fondo a un sistema que se ha agotado.

Periodismo Independiente, 22 de Octubre de 2011.



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Vándalos, marginalidad y delincuencia.

Hemos visto con horror el ataque cobarde de un grupo de delincuentes en contra de un carabinero. Vándalos que aprovechan una marcha autorizada. La autoridad decide no autorizar más marchas. ¿Quién pierde con la acción de violencia? La civilidad que usando su derecho constitucional buscaba expresar su descontento, en democracia.

El vandalismo es una actitud destructiva y brutal que irrespetando a las demás personas a la sociedad y su institucionalidad, se manifiesta en la acción destructiva e irracional de la propiedad pública y privada. El vandalismo está asociado a la marginalidad y a la delincuencia. Es la expresión de la miseria y la degradación moral, una acción que se disfraza de rebeldía, pero es el accionar de grupos que se unen para demostrar a través de la destrucción su resentimiento.



Pero, más que una definición social del fenómeno, las causas del vandalismo están en la carencia de valores, de límites, de familia. Todos los patrones culturales que se incorporan en la niñez y pubertad no están presentes, son jóvenes producto de familias mal constituidas, que han vivido su infancia en ambientes de carencia,  descuido y desamor. Destaca como causa principal la drogadicción de sus padres, el haber nacido en familias de delincuentes avezados, acostumbrados a robar, a delinquir. Prototipo de jóvenes marginales que son fácilmente reclutados por las mafias como soldados o sicarios. Así, se crían en un ambiente de delincuencia, donde lo normal es la comisión de delitos contra las personas y la propiedad.



El anarquismo es otra expresión marginal que potencialmente deriva en vandalismo. Negar el Estado, repudiar todo el orden establecido, no participar en la vida cívica, pero sí intervenir en ella en pro de su interés, la destrucción del Estado.

Otros son los grafiteros urbanos, que buscan ensuciarlo todo, irrespetando monumentos, sitios emblemáticos de la historia, obras de arte como los museos a cielo abierto o las estatuas que son patrimonio de la ciudad. Es una actitud visceral de odio al orden social, una expresión irracional que forma una subcultura, con códigos que ellos mismos publicitan en sus fotologs. Son individuos que para lograr pertenencia se incorporan fácilmente en pandillas, aprenden de matonaje y actúan en la escuela ejerciendo el moobing, hostigamiento sicológico, violencia intraescolar.



La justificación de estas actitudes de marginalidad y violencia se busca, a mi juicio de manera ideologizada, en la injusta distribución del ingreso que existe en Chile, pero eso pasa a ser una caricatura, pues siempre han existido pobres, clase obrera o campesina, que vivían la pobreza digna, sin caer en la miseria moral que hoy se aprecia, en especial en las grandes urbes. Por ello, creo que esa caricatura es simplista.



Lo  que ocurre es que durante 50 años el populismo fue incubando una actitud mendicante en la gente de escasos recursos. Las políticas públicas en los sesenta incentivaban la organización comunitaria, el cooperativismo, la ayuda mutua vecinal. Pero, durante el régimen militar y luego en los gobiernos democráticos, se desmanteló la organización social de base, no se fomentó la autoayuda. Los gobiernos pecaron en el hecho de no incentivar el esfuerzo, de no mantener a la educación como el resorte para la movilidad social. En estos climas populistas, gracias al clientelismo político, grandes sectores populares se acostumbraron a exigir todo tipo de subsidios públicos, llegando a hacer de la marginalidad un lucrativo negocio, ya que sin trabajarle un día a nadie, calificando en la ficha CAS,  se convertían en damnificados perpetuos, reclamando derechos a todo, pero sin desplegar un mayor esfuerzo.



El populismo entregó y entregó subsidios, las Iglesias desarrollaron acciones de caridad en el mismo sentido. Y así, esa gente se mal acostumbró a vivir en un estado de reclamo permanente y aprendió a estrujar el sistema para acceder a la tenencia de bienes, nutriendo el comercio informal y la piratería. Los hijos formados en esa actitud no buscan la superación por el esfuerzo, son tentados por artículos de marca y alcanzarlos es símbolo de estatus social. Se ha generado un estilo urbano de personas que viven en la frontera de la sociedad, que construyen su propio argot o forma de lenguaje, constituyen tribus urbanas, con reglas de conducta peculiares, como los denominados flaites o las barras bravas, con una particular forma de pertenencia, en donde su ideario llega a idolatrar determinados clubes de fútbol. En este tipo de grupos, aparece el vandalismo y allí también desenvuelven una actitud belicista,  destructiva de los demás.Hay un repudio a trabajar porque sería ser servil al sistema.



La marginalidad de estos sectores los empuja a tener los bienes que ostentan los grupos favorecidos de la sociedad, para lograrlo delinquir es una opción, como lo es actuar en masas saqueando negocios establecidos. Hay en este fenómeno de los vándalos, una mezcla tenebrosa de grupos juveniles frustrados, condenados a vivir en la violencia por tener sus barrios tomados por el narcotráfico o provenir de familias consumidoras de drogas, haber sido víctimas de violencia intrafamiliar, modelos que se van repitiendo y amplificando.



La actitud vandálica es la carencia de límites, de reglas morales mínimas que se alcanzan en la formación familiar. La ausencia de familia, la realidad de abandono afectivo,  lleva a actitudes de supervivencia, marcadas por la violencia, por un egoísmo exacerbado que se traduce en el rechazo al otro, a quien se ve como un enemigo, al que hay que destruir.



Cuando los regímenes autoritarios buscan descalificar a los opositores, suelen usar este tipo de grupos para generar violencia y a partir de allí justificar la represión de los legítimos opositores. Estas prácticas se conocieron en el fascismo, en las represiones de Stalin o de Pinochet;  en las recientes movilizaciones de Egipto, donde miles de infiltrados , de la policía secreta de Mubarak, se mezclaban en las concentraciones de los civiles para provocar a las policías y así iniciar la escalada represiva.  Por ende, es un tema de seguridad pública y de estabilidad política; la democracia debe garantizar las libertades públicas, la libre expresión, pero, al mismo tiempo, ejercer una labor oportuna y eficaz en contra de los grupos vandálicos, cuya inimputabilidad por razones de edad, los convierte en soldados ideales para causas perversas. Se debe aprender de la forma como las mafias van captando a estos grupos marginales para convertirlos en soldados y de las redes de delincuencia y corrupción que despliegan sobre el Estado. Es deber, por último, de quienes actúan en la movilización social, legítima y necesaria, saber disponer los controles internos para entregar a la policía a todo encapuchado que busque con mano artera, causar actos vandálicos para provocar la reacción policial.
Periodismo Independiente, 23 de mayo de 2011.





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Tragedias carcelarias y paz social

Tragedias carcelarias y paz social
Hernán Narbona Véliz


81 reos mueren calcinados en incendio. La tragedia de la Cárcel de San Miguel, más allá del impacto emocional, ha dejado al desnudo una realidad estructural que debe ser abordada como asunto de Estado.

El problema carcelario está cruzado e inserto en un modelo económico instaurado en Chile a partir de la Constitución Política de 1980. El rol del Estado en materia de seguridad pública, de aplicación de Justicia y de ejecución de las sentencias, pasa por el principio constitucional de subsidiaridad, que manda que el Estado debe intervenir en la actividad económica, sólo en la medida que los privados no pudieran hacerlo, lo cual llevó a visualizar la administración de establecimientos carcelarios como un nuevo nicho de negocios e inversiones.

Tratándose de un tema de seguridad pública y del ejercicio del rol punitivo del Estado a través del Poder Judicial, se condujo el tema a las necesidades de infraestructura, es decir a la demanda de cárceles, de acuerdo al aumento del número los condenados o procesados que se produce por la aplicación de la ley en el sistema judicial.

Es deber del Estado proveer los lugares de privación de libertad y, de acuerdo a los lineamientos generales para la gestión pública, esto significó planificar la solución de largo plazo con la coparticipación público privada, en donde concesionarios privados invertían y entregaban la infraestructura y la habitabilitad de los penales, mientras la administración y seguridad de los mismos quedaba, según lo establece la ley, en Gendarmería de Chile, dependiente del Ministerio de Justicia. Como el asunto de infraestructura pasaba por el ámbito de concesiones, mediante contratos de construcción, operación durante un determinado período y transferencia ulterior al Estado, correspondió al MOP el diseño de las cárceles y las condiciones contractuales de los proyectos. Según los antecedentes acumulados en diversos informes e investigaciones de la Cámara de Diputados, en medio de esta complejidad hubo descoordinaciones entre los ejecutores de la política carcelaria, vale decir Gendarmería, y el MOP, a cargo de los diseños de los proyectos de cárceles concesionadas, produciéndose impasses que derivaron en la paralización o retraso de obras comprometidas, con el costo de indemnizaciones a las adjudicatarias de los proyectos, de acuerdo a los términos contractuales suscritos.

Ese es el cuadro de fondo en el que ocurre esta nueva tragedia. La sociedad ha exigido mayor rigurosidad con la delincuencia y ello implica, en la medida que las policías y el Ministerio Público lo hacen mejor,  que más personas deben cumplir condenas privativas de libertad por comisión de delitos y, por ende, se requiere mayor infraestructura.

La administración de justicia no puede limitar su actuación a la existencia o no de espacios en el sistema carcelario,  no debiera funcionar la seguridad ciudadana con una lógica economicista.

La Justicia debe seguir operando con independencia, de acuerdo a la ley y aplicar las penas que fijen los códigos. Si las mismas son elevadas o no, es otro tema, pero, si el Estado no es capaz de proveer los lugares adecuados para mantener prisioneros a personas que han sido sentenciadas por comisión de delitos, estamos frente a una decisión política que se centra en el problema de recursos. Hacen falta más cárceles y la solución de cárceles concesionadas parecería ser una opción, siempre que se gestione con inteligencia y transparencia, ya que siempre está la opción alternativa o complementaria de que las nuevas cárceles sean gestionadas por el propio Estado, a través de Gendarmería, pero ello es una definición política mayor, pues significa confiar en la gestión pública la solución total o parcial del problema. Es un asunto de fondo, que se debiera discutir en la clase política y con  participación de la sociedad civil.

No es una solución aplicar indultos, devolver a los delincuentes a la calle porque las disponibilidades de habitabilidad están copadas. La sociedad, la gente honesta y de trabajo requiere seguridad, pero también aspira a que las condiciones de fondo eviten que la delincuencia sea opción de vida, que se transmite al interior de las familias. Se debe buscar opciones que conjuguen orden y equidad, para que los reclusos tengan opciones de rehabilitación y que su pena no se vea extremada por la indignidad del hacinamiento y el imperio de la fuerza por parte de delincuentes más avezados u organizados.

La segregación de reos por su peligrosidad, por el tipo de delito cometido requeriría diseñar tipos de establecimientos diferenciados, donde los condenados por delitos que no fueren de sangre, tales como hurto, estafa, giro doloso de cheques, incumplimiento de pensiones alimenticias, etc, pudieran  concurrir a trabajos comunitarios, a cárceles granja o cárceles talleres que les dieran una relativa privación de libertad con exigencia de trabajar y cumplir horarios, dentro de programas de reorientación conductual, que favorezcan la reinserción posterior.
Sacar a los reos de sus lugares de origen para ser ubicados en regiones también es una opción para favorecer un cambio de vida de las personas condenadas. Estas alternativas exigen un pensamiento abierto, una generosidad de la sociedad para desarticular las causas de la marginalidad, abriendo oportunidades a las personas que se pueden rescatar y reinsertar en una vida honesta. Por el contrario, respecto a delincuentes mayores, recluidos por hechos de sangre, como robo con violencia, homicidios, violaciones, tráfico de drogas, abuso contra menores o ancianos, femicidio, a esos habría recluirlos y aislarlos en cárceles, sin privilegios y de régimen estricto.

Solucionar el problema de fondo es un asunto de Estado exige remover dogmatismos y aunar voluntades.

La cárcel es en sí misma, conceptualmente, un castigo para quien ha delinquido y debe pagar con privación de libertad una deuda con la sociedad. Pero dentro del concepto están las medidas graduales, que coloquen bajo control al delincuente y lo encaminen a su recuperación. La Ley del brazalete se discutirá próximamente en el Parlamento y apunta en tal sentido. Las debilidades de la seguridad que se observa en las cárceles, la influencia de mafias empoderadas al interior de los establecimientos, ha llevado a una suerte de caja negra que es terrible y que la sociedad en general, prefiere ignorar. Sólo cuando ocurren fugas masivas, motines, incendios, riñas entre bandas rivales, nos enteramos de estos episodios. El mundo carcelario transcurre en otra dimensión y por ello no aparece en el discurso de la clase política, sino cuando salta una nueva tragedia.  

Es quizás el momento para que la autoridad avance en consensos de fondo para barajar las mejores opciones, con una dimensión humana e integral del problema, lo cual significa actuar sin filtros ideológicos, con visión de Estado, pensando en desarticular los espacios delictuales con energía, buscando que menos jóvenes ingresen a la carrera delictual, ofreciéndoles con solidaridad alternativas de reorientación, a tiempo.

Valparaíso, Periodismo Independiente, 11 de diciembre de 2010.


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