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Cuando se pierde el respeto


Cuando una persona agrede y escupe al Jefe de Estado se está llegando a un punto de no retorno en la esencia de la República y del Estado Democrático, pues la falta de respeto a las instituciones pasa a ser una tónica de desorden moral y ético generalizado.

En esta escalada de trasgresiones a nuestro orden institucional ha habido muchas señales graves. Como esa ocasión en que una liceana arrojó una jarra de agua sobre una Ministra de Educación.  La demolición de imagen que aplicó la Concertación sobre el Presidente Piñera, con las “piñericosas” que hicieron burla metódica de sus errores en intervenciones públicas. Más allá del humor político que siempre fue parte de la política chilena, con revistas como Topaze, lo que hemos vivido en estas décadas ha sido un destape odioso, de profunda animadversión en contra del adversario político, a falta de debates de ideas ha imperado la mala leche, el ataque mordaz y grosero que ha buscado enlodar, humillar, descalificar y destruir.

Un estilo facista de gestión comunicacional se ha ido extendiendo en Chile y esto hace recordar el periodismo de trincheras que hubo antes del golpe de estado de 1973, con un odio y un revanchismo que sacó fuera lo peor de los chilenos, traición, soplonaje y venganza. Hoy, lamentablemente, estamos siendo testigos de un proceso de deterioro similar, un descreimiento en las instituciones, falta de respeto con los valores religiosos, acusación de intolerantes a quienes quieren seguir viviendo y criando hijos en familias heterosexuales; con un resentimiento profundo, un ánimo destructivo que aflora con virulencia frente a cualquier idea, crítica o emplazamiento cívico que no les guste. En el lenguaje cotidiano de los chilenos hoy se le saca la madre a cualquiera, existe irrespeto en las salas de clase, los padres no colocan límites a sus hijos, las reglas de buena educación ya no existen, el individualismo se observa en seres ególatras que circulan buscando ventajas de cualquier circunstancia.
 ¿Es culpa todo esto del sistema que concentra la riqueza?
¿Se acuerdan de la mujer de clase media que se aprovechó los saqueos y se llevó un mueble a su casa? ¿Recuerdan los saqueos después del terremoto donde por cuestiones ideológicas estúpidas se demoró el gobierno 36 horas en nombrar Jefes de Plaza? 

En esos días horribles los saqueos asolaron Concepción y Talcahuano. Fue patético, vergonzoso, en camionetas 4x4 ver cargar plasmas y refrigeradores mientras los reporteros entrevistaban a los vándalos. Eso marcó la impunidad y la desprotección de la gente de a pie. La aparición de turbas de delincuentes que asaltan sin que la policía intervenga aunque los tenga identificados. Con el problema adicional de tribunales que liberan a las pocas horas a delincuentes con
extensos prontuarios. El garantismo en la justicia, que nos heredó la reforma procesal penal de la Concertación, más la pésima gestión en materia de cárceles, hizo que el gobierno actual indultara a reos por existir hacinamiento.

La descomposición moral de nuestra sociedad es evidente y la explicación encierra múltiples causas. La excusa más usada es que se produce por la marginalidad que sufren los pobres, los vulnerables. Pero, y contesto desde la vivencia personal, nuestros padres fueron obreros, con hogares dignos, honrados y con una educación familiar estricta. La educación nos dio movilidad social, no exigíamos zapatillas de marca, acaso alcanzaba para un par de bototos al año, no caíamos en la pertenencia social por tener mejores pilchas, pertenecíamos al barrio y la patria por los valores que nos dieron familias y colegios.
En la campaña presidencial hemos oído hasta el cansancio la perorata de que Chile cambió y uno aprecia que es cierto, pero ha cambiado para mal, porque no hay respeto por nada, hay virulencia, encono, envidia y desidia. No hay un espaldarazo al que surge por propio esfuerzo, hay chaqueteo y resentimiento. Todo se quiere gratis y seis millones de habitantes no cumplen el mínimo deber cívico como es elegir a sus representantes. Vamos perdiendo pertenencia nacional y nos sumimos en sectas, en clanes, tribus o barras bravas que luchan a muerte contra todo lo distinto. Se llama individualismo, anarquismo, nihilismo, libertinaje en vez de libertad, aprovechamiento en vez de sacrificio y esfuerzo.

Me dio mucha rabia la ofensa al Presidente de la República porque es una evidencia de lo mal que estamos en el plano moral y ético. Por eso, le invito a manifestar con su voto su repudio a este decaimiento, este domingo 15 vaya a las urnas en familia, para cumplirle a Chile, nuestra república y cuidar nuestra democracia.


Periodismo Independiente, 9 de diciembre de 2013   @hnarbona en Twitter.


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Pandillas y vandalismo


Pandillas ¿En qué hemos fallado?

Es un hecho preocupante. Lo sentí hoy cuando vi colgar de los cables eléctricos de un barrio de la ciudad, una serie de zapatillas y pregunté qué significaba, qué querían comunicar esas señales. Y los vecinos, conversando desde sus patios, tras enrejadas que tratan de generar seguridad en sus hogares, me manifestaron que eran las señales territoriales de pandillas de púberes que han ocupado las calles en esos barrios y con sus propios códigos se relacionan con los microtraficantes que les proveen los porros y les piden lealtades, como ser vigías y dar alertas cuando vean algún vehículo extraño entrar al barrio.

Una institucionalidad soterrada generada por las pandillas y por sus sostenedores, los narcos, que han ido posicionándose en las barriadas con ese estilo dual, donde se mezcla generosidad y terror, al unísono. Las casas decentes se cierran en sí mismas, temiendo el matonaje, temiendo una bala perdida o una emboscada a los suyos. La delincuencia avanza y las personas honradas ven con impotencia cómo los delincuentes se van y vuelven a terreno  a los pocos días, más prepotentes y peligrosos al haber constatado impunidad.
Desde los barrios, la lectura está cruzada por el miedo y la violencia reactiva. Son muchas las personas que creen que tener armas es una solución e ingresan si darse cuenta en la escalada de la violencia. Otros se encierran o se mudan, dejando el territorio a sus nuevos señores. En algunas comunidades se da el caso de asociatividad para recuperar espacios públicos, fortaleciendo el plan cuadrante, generando acciones para ocupar las plazas y rescatar esos lugares públicos de las patotas y de los traficantes. El tema es que mucha gente sabe donde se vende droga, pero calla atemorizada. Sienten que el brazo de las policías no tiene la capacidad para protegerles y desconfían. Hay algunos que pregonan la falacia de eliminar las mafias y su violencia despenalizando el consumo de marihuana y legalizando la comercialización y consumo. Ilusa percepción que abriría puertas a la acción más profunda de las mafias, que continuarían promoviendo el consumo de drogas duras, de sicotrópicos más adictivos y destructivos, teniendo como mercado natural el de los adictos y consumidores de marihuana que serían el objetivo primero para ampliar el consumo. Abdicar de la obligación de Estado de proteger a la población del tráfico y consumo de sustancias nocivas sería un retroceso que no se debiera admitir. Por el contrario, en rigor se debieran erradicar de los barrios las “botillerías de urgencia” que han sido autorizadas sin límite y sin responsabilidad social, sabiendo que donde se instala una botillería aparece la violencia, el decaimiento del barrio, la violencia asociada al alcoholismo.
Si se planteara programáticamente, en forma seria, terminar con drogas lícitas e ilícitas, gran parte de la ciudadanía aplaudiría, a excepción de los poderosos intereses ligados a la distribución y consumo de bebidas alcohólicas, de cigarrillos, y sus redes de comercialización. 

Si se quisiera ir a causas profundas de la pérdida de calidad de vida en los barrios, habría que apuntar, sin demagogias, a medidas de fondo, donde exista un patrón ético que asegure una vida sana, con una juventud deportista, sana, en vez de pandilleros adictos que parten con aspirar neoprén y terminan como sicarios de carteles, alienados como zombis urbanos por la marihuana o la pasta base, sin Dios ni ley, colgando sus señales de los cables eléctricos o depredando con sus firmas grafiteras todo lo que suene a orden y esfuerzo.



Periodismo Independiente, 23 de septiembre de 2012.




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Clase media, desencanto y paz social


En medio de las violentas escenas vividas en el Congreso de Valparaíso y en la toma por 6 horas del  de Santiago, ha cundido en la opinión pública una suerte de cansancio profundo. Los dirigentes de la Confech sesionan en Osorno para ver qué destinos sigue el movimiento estudiantil. Los vándalos y encapuchados se han convertido en los actores principales de las marchas, dejando en segundo plano las comparsas, los carteles, las alegorías y el colorido que encantaron a la opinión pública.
Cabe preguntarse ¿Quiénes ganan con esto?

La sensación de impunidad, con turbas cotidianas que cumplen su rutina destructiva después de cada marcha, ha dado pie a muy lógicas especulaciones acerca de quién o quienes mueven los hilos para generar temor social. Son los rumores que comienzan a circular en torno al dejar hacer, dejar pasar, de toda la institucionalidad frente a la delincuencia, generando la sensación de desprotección y una desesperación que se expresa como defensa y justicia por mano propia en contra de delincuentes. Ya se vio a una mujer comerciante agarrar un palo de golf o una chueca – juego araucano con un palo de coligue doblado y una pelota, parecido al hockey- y emprenderlas contra los encapuchados. Esa imagen de ira ciudadana en contra de encapuchados en patotas, frente a fuerzas policiales dubitativas, que más bien suben al carro a espectadores o transeúntes pacíficos, mientras los vándalos posan para la tele, haciendo de las suyas, todo ello ha generado un clima de nueva indignación, frente a la impunidad y la desprotección que se está viviendo. Objetivamente, tener al grueso de los Carabineros en medio de marchas y barricadas, descuida la seguridad en las poblaciones y los patos malos gozan de un pasar mucho más tranquilo para su negocio.

Lo cual ha llevado a reclamos airados del propio Ministro de Justicia hacia los jueces, por la liberación casi inmediata de personas detenidas por desorden público, muchas quizás efectivamente inocentes y víctimas de un arresto sin fundamento, pero muchos también vándalos que cometen reiterados robos y destrozos. Esos quedan igual libres, los fiscales no alcanzan a presentar pruebas en medio del caos y sabedores de ello los delincuentes siguen reciclándose para nuevos saqueos y destrozos, dejando en la ciudadanía la sensación de que manos arteras los dirigirían desde las sombras, para fines espúreos.

Puede que estemos viviendo los efectos del garantismo que impuso hace 10 años la reforma procesal penal, con la cual el gobierno quiso vender al mundo la imagen de un país avanzado en Justicia y Derechos Humanos, pero que en el camino se vio cruzada por errores o vicios de gestión que dejaron a Chile sin cárceles suficientes y con la necesidad ad portas, de liberar por exceso de población penal a delincuentes condenados por “delitos menores”, porque no caben sencillamente en las cárceles colapsadas del actual sistema carcelario. Por lo tanto, culpar a los magistrados de errores políticos y mala gestión del poder ejecutivo, es olvidar que en 22 años se ha fallado en las políticas públicas frente a delincuencia y la marginalidad, porque también en este frente se aplicaron las perversas leyes del mercado en sustituto a una acción responsable del Estado,  con la consecuencia de amplios barrios ocupados por las mafias, el imperio de los traficantes de drogas y  jóvenes que son sus soldados,  enormes contingentes de marginales, delincuentes organizados cual mercenarios, pagados de seguro con el dinero sucio que circula por los laberintos de esta caja negra de la delincuencia y crimen organizado.

Yendo a las percepciones de la clase media, a lo que se comenta hoy en las redes sociales, preocupa la actitud de irrespeto a las instituciones republicanas que se ha instalado en el conflicto, la falta de separación conceptual de la dirigencia y vocería que viajó a Europa, de los grupos anarquistas que han buscado impedir incluso la discusión parlamentaria de la Ley de Presupuesto, lo cual es de alto peligro para la gobernabilidad. 

Súmese a esto, del lado del gobierno, la acción reactiva de las autoridades, lo cual ha movido a las cúpulas empresariales a plantear su apertura para una reforma tributaria, que financie un alto grado de gratuidad para la educación y apague el fuego que alimenta in crescendo la caldera social. Este pragmatismo empresarial expresa que en sus círculos ha calado la preocupación por los límites objetivos del modelo construido al amparo del régimen militar. La indignación de la clase media es de fondo, tiene que ver con la esclavitud que impone a las familias el sistema financiero, los abusos de los bancos y del retail, la constatación de haber vivido una estafa en sus ahorros individuales, cuando después de 30 años se comprueba que las pensiones del sistema de AFP, de capitalización individual, serán viles y que durante tres décadas esos ahorros han servido sólo a los grupos que se hicieron de esos recursos, inyectándolos a sus propios proyectos sin que jamás se diera participación a los afiliados en la gestión de esos capitales acumulados.

Vale decir, educación, previsión y salud son los espacios que nutren el descontento popular de una clase media que se ha salido de sus casillas al arriesgarse a una movilización social extendida, pero sobre la cual también pesa el historial de tiempos peores que todos han vivido. Sin embargo, manteniendo un sentimiento democrático republicano se han empoderado y se alistan para sacar del Congreso con la fuerza soberana del sufragio a quienes siguen de espaldas al pueblo que los eligió y que son muchos.

Esa clase media interconectada con el mundo, deja de ser un mero espectador y toma parte activa en la crisis, entendiendo que si se advierte una confrontación entre poderes del Estado, la situación es cada vez más seria, porque se ha violado las fronteras de independencia que debe existir en democracia para los parlamentos, la Justicia y las Universidades; además, esa clase media es hoy más laica y autoreferente pues ha comprobado que la Iglesia Católica, que tuviera un rol importante en la época del régimen militar hoy carece de una voz moral legítima que pudiera ser escuchada y seguida como para mediar en el conflicto social, lo cual ha sido consecuencia del descreimiento que ha cundido respecto a sus actuaciones, sus propios vicios y escándalos de abusos y pedofilia. Por lo mismo, la clase media está muy sola en medio de todas estas tensiones ambientales y que han creado un clima de temor social.

La irresponsabilidad política de actores sociales y políticos, de tensar la situación al máximo y no haber conversado a fondo cuando correspondía, ha llevado al inconsciente colectivo a  comparar estos escenarios actuales  con los vividos antes del golpe de Estado de 1973, donde  al menos, era claro el complot, el desgobierno provocado desde la ultraderecha y la ultraizquierda. Hoy aquellos mismos protagonistas están  desconcertados, porque la avalancha social de hoy es mucho más compleja, mezcla de marginalidad económica, de cansancio extendido con un sistema intrínsecamente injusto y de sectores que directamente apuestan a destruir la institucionalidad, especulando con que el caos les sea propicio.

Un gran Pacto Social por la Educación Pública en Chile y un trazado de largo plazo hacia la gratuidad y la calidad, con una reforma tributaria que concrete esa evolución de las condiciones actuales, sería como se dijo en el Senado por miembros de la Comisión de Educación, la única salida republicana y de Estado para la paz social, abrirse a las correcciones de fondo a un sistema que se ha agotado.

Periodismo Independiente, 22 de Octubre de 2011.



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Después del paro nacional ¿qué viene ahora?

La CUT llamó a un paro nacional adhiriéndose al movimiento estudiantil. Las marchas fueron exitosas en términos de convocatoria y no violencia, Hasta que irrumpieron los violentistas, anarcos, vándalos a incendiar los barrios frente a una respuesta de Carabineros que resultó casi defensiva y por cierto ineficaz para cortar los desmanes de anoche.

Las ideas que planteamos en Twitter como Periodismo Independiente las resumiremos en este blog, como noticia en desarrollo. Del mismo modo lo comentaremos en Twitter Café de Comentarista Urbano en Radio Valparaíso este sábado.

Un resumen de estas jornadas, al trasluz de los acontecimientos que se sucedían con imágenes de guerra, pero también con el coraje de personas que desafiaban a los encapuchados, vándalos que buscaban destruir y robar. También en el día estuvo la buena noticia de que la huelga de hambre se había levantado y los muchachos entraban en recuperación en un hospital.

Por la noche, una pesadilla, con turbas arrasando con todo, con autos incendiados, colegios saqueados , disparos con armas hechizas, un carabinero herido por perdigones y un muchacho de 16 años, Manuel Gutiérrez Reinoso, muerto de un balazo. Testigos dicen que miraba los disturbios y de pronto fue baleado, presumiblemente desde un vehículo, que habría hecho 3 disparos y uno de ellos le dio en el corazón. Un mártir que ha hecho más tensa la relación del movimiento social y el gobierno.

El Presidente de la República, el día después, llamó a los estudiantes a la Moneda, a dialogar. Sin embargo, los jóvenes han decidido esperar hasta el miércoles próximo y reclaman "garantías" para sentarse a conversar.

Una confusión de fondo se ha instalado en el movimiento social, de lo cual son responsables sus dirigentes y  políticos opositores del PS: se ha levantado la petición de un Plebiscito para solucionar el conflicto, cuando ese camino no está contemplado en la legalidad vigente. 

En términos irresponsables se ha estirado el elástico hasta límites de alto riesgo, ya que el año 2010 Chile eligió un Presidente por 4 años y la pretensión actual del movimiento social es rupturista y busca directamente derrocar al gobierno, tomando, con una demagogia increible, como argumento de base la caida en las encuestas que ha tenido Sebastián Piñera. 

Ese argumento estaría instaurando una Encuestocracia, con el resultado de una vía muerta que impediría los grandes cambios a que aspira la ciudadanía. 

Por el contrario, si prima la sensatez y la responsabilidad política, se podrían abrir  caminos para un gran acuerdo por la Educación, el cual contemplaría puntos como desmunicipalizar la educación primaria y secundaria,  recuperar la Universidad de Chile como alma mater, pivote nacional de excelencia en donde el Estado pueda invertir y abrir espacios de gratuidad sobre la base del mérito. 

Un acuerdo nacional que permita modificar la Constitución para dejar espacios a un Estado que pueda actuar como planificador y empresario, lo cual aumentaría la capacidad estatal para entregar educación, sin perjuicio de que coexistan opciones privadas de educación, generando un sistema en donde se haga respetar la ley que prohibe el lucro en las universidades, yendo también a una reforma tributaria que permita una mayor inversión pública en el sistema educacional de manera integral, levantando los impuestos directos a las grandes empresas que son las que menos tributan en la actualidad.

Pero todo debe pasar por un Acuerdo que se plasme en un paquete de modificaciones legales o constitucionales, con la acción complementaria de los dos poderes del Estado, Ejecutivo y Legislativo.

¿Qué viene ahora entonces? 

Puede que ahora venga la agudización del conflicto y la democracia siga jaqueada, lo que resultaría terrible para Chile. En este escenario se cruzarían apuestas trasnochadas de sectores que quieren terminar anticipadamente el mandato entregado a Sebastián Piñera el 2010 y las de sectores anarquistas que ven en el caos un camino para refundar la sociedad. La historia enseña que cuando la sociedad cae en democracias débiles, surge la amenaza inmediata de autoritarismos de diferente signo que quieran imponer sus propias visiones de país.

O bien puede ser que se imponga la institucionalidad y que prime la razón y se aisle a los extremistas anarquistas y los políticos que irresponsablemente les han hecho el juego, para generar un gran acuerdo social que cambie, o se introduzcan cambios sustantivos al sistema neoliberal de capitalismo salvaje, entrando nuestra sociedad a la era de un Estado Democrático Descentralizado, que asegure una distribución más equitativa de la riqueza, que sea probo, moderno, con una efectiva capacidad de indicar los caminos del desarrollo, con participación ciudadana, seguridad y transparencia. En este escenario, el movimiento social debería capitalizar lo avanzado, principalmente para generar una nueva fuerza política, que se inserte en el sistema para cambiarlo desde dentro. Nuevos liderazgos que estén alejados de compromisos con el estatu quo, que sean libres para introducir cambios por el camino de crear una nueva mayoría, tan amplia y transversal que sea fuerte para resistir la reacción probable de los que por décadas han monopolizado el poder, con una fuerza de legitimidad que permita realizar los cambios tributarios, previsionales, económicos que permitan llegar al desarrollo, con calidad de vida y humanidad.

La gran cuestión para este escenario es si los jóvenes serán capaces de tomar la posta, convertirse en ciudadanos y ser capaces de hacerse cargo de la nueva política, sin caer en las tentaciones y corrupciones con que intentará desorientarlos o manejarlos el poder. 

La gente quiere respeto a los caminos democráticos para realizar dentro de la ley y en paz, los cambios verdaderos a un sistema agotado. 

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Vándalos, marginalidad y delincuencia.

Hemos visto con horror el ataque cobarde de un grupo de delincuentes en contra de un carabinero. Vándalos que aprovechan una marcha autorizada. La autoridad decide no autorizar más marchas. ¿Quién pierde con la acción de violencia? La civilidad que usando su derecho constitucional buscaba expresar su descontento, en democracia.

El vandalismo es una actitud destructiva y brutal que irrespetando a las demás personas a la sociedad y su institucionalidad, se manifiesta en la acción destructiva e irracional de la propiedad pública y privada. El vandalismo está asociado a la marginalidad y a la delincuencia. Es la expresión de la miseria y la degradación moral, una acción que se disfraza de rebeldía, pero es el accionar de grupos que se unen para demostrar a través de la destrucción su resentimiento.



Pero, más que una definición social del fenómeno, las causas del vandalismo están en la carencia de valores, de límites, de familia. Todos los patrones culturales que se incorporan en la niñez y pubertad no están presentes, son jóvenes producto de familias mal constituidas, que han vivido su infancia en ambientes de carencia,  descuido y desamor. Destaca como causa principal la drogadicción de sus padres, el haber nacido en familias de delincuentes avezados, acostumbrados a robar, a delinquir. Prototipo de jóvenes marginales que son fácilmente reclutados por las mafias como soldados o sicarios. Así, se crían en un ambiente de delincuencia, donde lo normal es la comisión de delitos contra las personas y la propiedad.



El anarquismo es otra expresión marginal que potencialmente deriva en vandalismo. Negar el Estado, repudiar todo el orden establecido, no participar en la vida cívica, pero sí intervenir en ella en pro de su interés, la destrucción del Estado.

Otros son los grafiteros urbanos, que buscan ensuciarlo todo, irrespetando monumentos, sitios emblemáticos de la historia, obras de arte como los museos a cielo abierto o las estatuas que son patrimonio de la ciudad. Es una actitud visceral de odio al orden social, una expresión irracional que forma una subcultura, con códigos que ellos mismos publicitan en sus fotologs. Son individuos que para lograr pertenencia se incorporan fácilmente en pandillas, aprenden de matonaje y actúan en la escuela ejerciendo el moobing, hostigamiento sicológico, violencia intraescolar.



La justificación de estas actitudes de marginalidad y violencia se busca, a mi juicio de manera ideologizada, en la injusta distribución del ingreso que existe en Chile, pero eso pasa a ser una caricatura, pues siempre han existido pobres, clase obrera o campesina, que vivían la pobreza digna, sin caer en la miseria moral que hoy se aprecia, en especial en las grandes urbes. Por ello, creo que esa caricatura es simplista.



Lo  que ocurre es que durante 50 años el populismo fue incubando una actitud mendicante en la gente de escasos recursos. Las políticas públicas en los sesenta incentivaban la organización comunitaria, el cooperativismo, la ayuda mutua vecinal. Pero, durante el régimen militar y luego en los gobiernos democráticos, se desmanteló la organización social de base, no se fomentó la autoayuda. Los gobiernos pecaron en el hecho de no incentivar el esfuerzo, de no mantener a la educación como el resorte para la movilidad social. En estos climas populistas, gracias al clientelismo político, grandes sectores populares se acostumbraron a exigir todo tipo de subsidios públicos, llegando a hacer de la marginalidad un lucrativo negocio, ya que sin trabajarle un día a nadie, calificando en la ficha CAS,  se convertían en damnificados perpetuos, reclamando derechos a todo, pero sin desplegar un mayor esfuerzo.



El populismo entregó y entregó subsidios, las Iglesias desarrollaron acciones de caridad en el mismo sentido. Y así, esa gente se mal acostumbró a vivir en un estado de reclamo permanente y aprendió a estrujar el sistema para acceder a la tenencia de bienes, nutriendo el comercio informal y la piratería. Los hijos formados en esa actitud no buscan la superación por el esfuerzo, son tentados por artículos de marca y alcanzarlos es símbolo de estatus social. Se ha generado un estilo urbano de personas que viven en la frontera de la sociedad, que construyen su propio argot o forma de lenguaje, constituyen tribus urbanas, con reglas de conducta peculiares, como los denominados flaites o las barras bravas, con una particular forma de pertenencia, en donde su ideario llega a idolatrar determinados clubes de fútbol. En este tipo de grupos, aparece el vandalismo y allí también desenvuelven una actitud belicista,  destructiva de los demás.Hay un repudio a trabajar porque sería ser servil al sistema.



La marginalidad de estos sectores los empuja a tener los bienes que ostentan los grupos favorecidos de la sociedad, para lograrlo delinquir es una opción, como lo es actuar en masas saqueando negocios establecidos. Hay en este fenómeno de los vándalos, una mezcla tenebrosa de grupos juveniles frustrados, condenados a vivir en la violencia por tener sus barrios tomados por el narcotráfico o provenir de familias consumidoras de drogas, haber sido víctimas de violencia intrafamiliar, modelos que se van repitiendo y amplificando.



La actitud vandálica es la carencia de límites, de reglas morales mínimas que se alcanzan en la formación familiar. La ausencia de familia, la realidad de abandono afectivo,  lleva a actitudes de supervivencia, marcadas por la violencia, por un egoísmo exacerbado que se traduce en el rechazo al otro, a quien se ve como un enemigo, al que hay que destruir.



Cuando los regímenes autoritarios buscan descalificar a los opositores, suelen usar este tipo de grupos para generar violencia y a partir de allí justificar la represión de los legítimos opositores. Estas prácticas se conocieron en el fascismo, en las represiones de Stalin o de Pinochet;  en las recientes movilizaciones de Egipto, donde miles de infiltrados , de la policía secreta de Mubarak, se mezclaban en las concentraciones de los civiles para provocar a las policías y así iniciar la escalada represiva.  Por ende, es un tema de seguridad pública y de estabilidad política; la democracia debe garantizar las libertades públicas, la libre expresión, pero, al mismo tiempo, ejercer una labor oportuna y eficaz en contra de los grupos vandálicos, cuya inimputabilidad por razones de edad, los convierte en soldados ideales para causas perversas. Se debe aprender de la forma como las mafias van captando a estos grupos marginales para convertirlos en soldados y de las redes de delincuencia y corrupción que despliegan sobre el Estado. Es deber, por último, de quienes actúan en la movilización social, legítima y necesaria, saber disponer los controles internos para entregar a la policía a todo encapuchado que busque con mano artera, causar actos vandálicos para provocar la reacción policial.
Periodismo Independiente, 23 de mayo de 2011.





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