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De Pueblo Hundido a Diego de Almagro


Pueblo Hundido, anécdota del centralismo ramplón
No hay peor ignorante que el que cree saberlo todo porque no sabe que no sabe, por tanto jamás aprenderá. Esto a propósito de una anécdota sobre Centralismo que decidí compartir para que no quede en la nebulosa, disimulado en lo políticamente correcto.

A fines del Siglo XIX las autoridades del Puerto de Chañaral extendieron el ferrocarril desde la localidad de Salado hasta el “Refresco de Pueblo Hundido”. Nadie imaginaba que en ese nudo ferroviario, nacería un histórico pueblo minero. A finales de 1899 comienza el embarque de minerales por la Estación de Pueblo Hundido. Como todo pueblo minero de época, en Pueblo Hundido había barrios completos dedicados a ofrecer a los viejos mineros, espacios de juerga y tolerancia, con prostíbulos a la usanza del lejano oeste. Ese perfil de Pueblo Hundido se fue recogiendo en una leyenda, que no dio cuenta del desarrollo potente de sus orfebres y artesanos, ligados a la minería del cobre y el hierro. Pueblo Hundido se convierte en comuna en 1972, en el gobierno de Salvador Allende, a partir de ese cruce ferroviario en una zona eminentemente minera, donde nadie votaba derecha, siendo desde siempre el enclave norte de un esforzado proletariado.

Sin embargo, el régimen militar recibe una petición de cambio a ese nombre de Pueblo Hundido, porque supuestamente ninguneaba a esta comunidad. Se ideó por parte del pueblo, hacer un homenaje a un pionero de la minería del Siglo XIX, el gran Diego de Almeyda, ligado a la exploración y desarrollo minero del norte de Chile. Siguiendo la tónica de borrar nombres que habían sido históricos, pero sospechosos, el gobierno de Augusto Pinochet aceptó el pedido de cambio de nombre. Ya se había borrado en la región el nombre de Cuba por el de Inca de Oro. El 31 de marzo de 1977 se cambiaría el nombre a Pueblo Hundido. Ese día, Doña Lucía Hiriart de Pinochet dirigiría la ceremonia. Obviamente iba con sus asesores y dispuesta a leer el discurso que le habían preparado. Y es allí donde surge un cambio impensado del guión. A la secretaria de palacio le pareció desconocido el nombre de Diego de Almeyda y, pensando que alguien se había equivocado, tachó ese nombre y puso con total displicencia: Diego de Almagro. Y fue el discurso que se leyó ese día.

Fue así como nació la comuna de Diego de Almagro. Cuando se comenta el error, para cubrir las apariencias, otros asesores empezaron a tejer historias según las cuales Diego de Almagro habría descubierto Chile, entrando por esta zona norte, siguiendo el Camino del Inca. Surgió así el mito urbano y Diego de Almagro quedó sorprendido allí en su tumba. Por estas tonteras del centralismo desplazó al connotado Don Diego de Almeyda, que siguió ignorado por quienes poco y nada se interesan por la historia de la provincia, porque viven mirándose el ombligo.

Hoy con justa razón, muchos habitantes de esta comuna buscan recuperar identidad, retomando el nombre original de Pueblo Hundido, un nombre que tiene la connotación mágica de esas máquinas a vapor que en impecable trazado pusieron en valor las riquezas del norte minero, con un perfil independentista y libertario, con los riesgos de la muerte en los piques y el disfrute sensual del fin de turno, bajo las luces rojas de los cahuines y las historias lloradas de las mujeres que tratan de tú.


Periodismo Independiente, @hnarbona en Twitter, 14 de enero de 2013.





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Inmobiliarias: Capitalismo salvaje e invasivo



En el cerro Larraín de Valparaíso estaba enclavado el Convento de las Carmelitas, monjas de claustro, que tenían una propiedad amurallada que ocupaba toda una manzana. 

De niño recuerdo que en los hombros de papá, volviendo de la casa de mi abuela que quedaba en Barón, el cerro del lado, parábamos en esa esquina, frente a una imagen del Sagrado Corazón que siempre estaba iluminada, y mi madre hacía una oración. 200 años de historia estaban concentrados en esa esquina. Al frente estaba la Iglesia El Pilar, donde ocurrieron todos los hitos familiares, el casamiento de mis padres, el mío y de mis hermanas, mi Primera Comunión, los catecismos de infancia. El Convento era un hito histórico de la ciudad de Valparaíso.

Pero el diablo metió la cola. Y lo hizo vestido de empresario inmobiliario para ofrecer su oro a clérigos ambiciosos que, entre gallos y media noche, acordaron vender ese patrimonio y dejar que allí, la historia, la cultura, la identidad, fueran aplastados bajo los cimientos de dos horribles torres de cerca de 20 pisos. Torres que usurparon la vista al mar que siempre tuvo ese barrio, torres que sombrearon por siempre un sector donde la vida transcurría entre vecinos que se conocían y se saludaban diariamente. En sustituto, el capitalismo salvaje e invasivo llenó el sector de individuos foráneos, que ignoran y desprecian el entorno, que marchan encerrados en sus automóviles, con el dinero como único o principal motivación de sus vidas. Así se destruyó un espacio valioso de Valparaíso, ante la permisividad de un sistema que también claudica ante el dinero y le llama falsamente “inversión”. Porque una inversión se supone que tiene un efecto multiplicador positivo y en el caso de estas invasivas inmobiliarias, nada de eso hay, sólo la ambición por ocupar antes que otras un territorio apetecido para su negocio.

Recuerdo haber visto en Europa como cada edificio emblemático se protege, se le da valor turístico, se proyecta en su historia, que podría ser real o fruto de la leyenda, pero que se mantiene para las futuras generaciones, sin depredar el entorno en que se ubica. Lo mismo vi en Arequipa, la ciudad blanca, en el Monasterio de Santa Catarina, un museo que cuenta la historia de la Colonia, de la inquisición, de los silicios con que las religiosas debían castigarse para reprimir sus deseos de vida. En general, los países preservan su historia, pero en Valparaíso la ciudad ha sido presa fácil de los intereses inmobiliarios, los mismos que se apoderaron de las dunas de ConCón,  los que inundaron el borde costero hacia Quintero de torres amontonadas que en unos años más serán verdaderos mausoleos y monumentos a la aberración urbanística.

No funciona definitivamente el laisez faire, laisez passer. Cuando el libertinaje se confunde con libertad, la ley del más fuerte va degradando la calidad de vida y genera un peligroso ánimo de resentimiento.  Una autoridad legítima debe hacerse cargo de las preocupaciones ciudadanas; pero si aparece la colusión entre agentes públicos y esos actores privados que quieren apoderarse de todo, sin considerar a la ciudadanía, la cosa va muy mal. 

El resultado de este mercado imperfecto y concentrador es que se avasalla la cultura, se pisotea la historia, se compran en pos de la codicia conciencias y territorios, para dejar nada, para afear las ciudades en el cortoplacismo del lucro y la codicia. Cuando se quiera echar marcha atrás, el capitalismo salvaje nos habrá llenado de cemento y del patrimonio intangible, que son las personas, no quedará nada, sólo ciudades sin alma. Detengamos la tendencia a tiempo o veremos como Valparaíso seguirá perdiendo su ethos cultural de arcada multicolor con esos adefesios que han surgido como conventillos 2.0,  afeando la ciudad e irrespetando la esencia de los barrios porteños.

Cuando nuestros nietos nos pregunten ¿y cómo permitieron que esto ocurriera? ¿Qué podremos contestarles?

Periodismo Independiente, 15 de diciembre de 2012.



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